Día decimoctavo o el portero

Hoy también es fiesta y hemos ido a Mongat, donde mis abuelos y mi primo. Por la tarde hemos salido a jugar y nos hemos apuntado a un partido de fútbol que estaban preparando un grupo de niños de por allí. Me ha tocado jugar de portero y han marcado una línea con tiza en el suelo que decían era la portería. Yo me he puesto por detrás de ella, pensando que era el límite hasta donde me podía adelantar. Después de tres goles una niña me ha dicho que por qué no me ponía más adelantado, que tal y como me colocaba era muy fácil meterme goles. Así que le he hecho caso y me han criticado menos después de cada gol.
Terminado el partido hemos ido al parque y nos hemos sentado en los bancos y otros se han puesto a jugar con los columpios y el balancín. Una chica morena y alta, con el pelo muy largo y liso y los ojos muy grandes me decía cosas sobre su colegio y que se iba a marchar a otro país, y yo intentaba estar a la altura y hablar igual de bien que ella.
Ahora pienso que no me gustaría que se fuera a otro país porque me gustaría verla cada día.
Pienso que si se va la esperaré todo el tiempo que haga falta. Para siempre.


Día decimoséptimo o las artes marciales

Hoy también es fiesta y hemos ido a casa de Elena a comer. Había mucha gente y los niños hemos comido en otra habitación. Nos han puesto unos macarrones asquerosos y después hemos jugado con unos plátanos. Les hemos sacado punta con la boca y los hemos usado de lápiz sobre la mesa.
El hijo de Elena se ve que hace artes marciales después del cole y nos han propuesto un combate en el comedor. No sabía que existía eso de las artes marciales.
Me han puesto un pantalón y una chaqueta blanca y un cinturón verde y nos hemos agarrado según las indicaciones del padre de Óscar, que sabe mucho sobre eso. Al poco se ha caído Óscar al suelo y se ha terminado el combate. El papá de Óscar parecía muy indignado y me miraba mal, pero yo me sentía orgulloso de ganar mi primer combate de artes marciales, aunque me pareció muy breve y poco combativo.